lunes, 23 de febrero de 2015

MENSAJE

La alarma sonó, ultimo día de trabajo en el año, trivial el orden de la mañana, bañarme, vestirme, desayunar, tomar el transporte, llegar al trabajo, un cigarrillo, dos cigarrillos, un café otro cigarrillo.
Ese día fue 31 de diciembre recuerdo esperar con muchas ansias llegar a Cajicá, un pueblito frío productor de alfombras en Cundinamarca. 
Van perdiendo sentido los viajes si en ellos escuchas las mismas canciones, mas todo cambiaría cuando al abrir el bus sus puertas entraría una mujer que me haría bajar la mirada a mí, cuántas veces gané en sostener la mirada a completos desconocidos, pero aquella mujer, aquella mujer rubia, de boca corta, nariz pequeña y ojos saltones, con unas ojeras cual rastro de mar sobre la arena, una arena suave y uniforme con una pequitas... que hermosa. Me paré inmediatamente ofreciéndole mi asiento no por caballeroso, sino por querer verla más de cerca, tan cerca como para detallar esas ojeras, esas ojeras, podría camuflarme en ellas, camuflarme bajo sus ojos y besarles, besar cada lagrima que cayó, volver al pasado y penetrar en los más recóndito de sus miradas. Para mi suerte, la mujer del asiento izquierdo se levantó y ahora ese mapache me cedería a mí el asiento. Audífonos una chaqueta en jean una sonrisa irónica y altiva, pude escuchar su música, Creep - Radiohead, cuánta perfección en una mujer. Porqué sublimo cada momento, cada respiro, cada cabello que mi hombro alcanzó a tocar. Un estruendo me sacudió, cuando su voz... oh, que voz, preguntando por la siguiente estación, titubeando respondí:
   -Sí.
Sacó su lápiz que empezó a tajar. Con atrevimiento pregunte:
   -¿pintas?
con total confianza respondió:
   -Soy artista.
Recordé en cuestión de milésimas que un amigo necesitaba unos dibujos y con vergüenza le pregunté por su trabajo, ella había llegado a su destino, así que rápidamente saque un bolígrafo y anotándolo inesperadamente sobre mi mano se despidió con una sonrisa.
Recuerdo que todo el trayecto pensé en ella, ojeras por aquí, manos pequeñas por allá, pensé en ella y jugué con las palabras que le pude haber dicho si más valor hubiese tenido.
Llegué a Cajicá, obsequié algunos detalles y corrí a llamar a esta mujer ¡Pero que idiota! ni siquiera le pregunté su nombre, cavilando entre frases burdas y oraciones complejas marqué su numero, mas nadie contestó. ¿Y si tal vez anoto mal su propio numero?, eso no tiene mucho sentido ¿Y si no encontraba su celular en el morral? Uno, dos y más pensamientos un tanto absurdos surgían de su no contestación.
Un vino no hacía daño, además era el ultimo del año.
Van tres botellas vacías, no entiendo cómo mi familia puede beber tanto.
   -Estoy tan ebrio como para llamarla y tan consiente como para saber que es una mala idea, pero son las 10:51pm supongo que también estará despierta.
Me calmé y de la manera más improvisada decidí hablar.
Contestó una voz suave pero seria 
   -Hola.
Fue la palabra más fracturada que he dicho en mi vida, tomando una copa de vino chileno rápidamente me dispuse a decirle que yo era el muchacho de bus. Para mi sorpresa, una voz emocionada respondió como si hubiese esperado mi llamada, mi voz se inflo y casi saltando de alegría sonreí.
No sé qué tanta trascendencia podía tener un nombre pero ella se llamaba Luisa.
Con un lápiz en la mano su nombre escribí decenas de veces sobre una hoja, no sé cuánto hablamos pero yo tenía sed y quería beber alcohol más del que debía.
No casual suelo ser el que en mi casa hace sonar la música para estas festividades, y faltando siete minutos para recibir el año nuevo, un mensaje de ella causaría que accidentalmente apagara el equipo de música, mientras mi familia y vecinos bailaban, rápidamente conecté cables, encendí equipo y parlantes sin dejar de lado una sonrisa un tanto idiota por aquel mensaje. Faltando dos minutos para el año nuevo, reproducí esa típica canción "Faltan cinco pa las doce", la gente bailó y gritó, se abrazó y brindó.

"No soy artista, pero puedo pintarte toda una vida"

No volví a saber de ella

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